Down 21

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El 21 de marzo es siempre para mí el día del inicio de la primavera (pido comprensión a mis amigos hemisférico-sureños). Comentarlo es simple excusa para entrar en tema, porque hoy también es el día de la poesía, a la que muchos amigos y colegas están dedicando su porción de alabanza, el día de la eliminación de la discriminación racial, de lo que nadie se ha hecho eco en mi entorno y que he descubierto consultando en sangúguel… y el día del síndrome de Down desde hace siete años, uno de mis números mágicos. Quiero suponer que la dedicatoria no es para el síndrome en sí, sino para las personas diagnosticadas con él.

En los años 70 aún se llamaba subnormales a estas personas, se usaba el término como despectivo y se les estigmatizaba hasta el punto de que algunas familias las ocultaban como producto de una maldición que nunca debe exhibirse. Recuerdo que entre los adolescentes nos insultábamos cordialmente mandándonos a Atades, esa organización tan solidaria que acoge a las personas ‘down’ en su seno para darles apoyo, cobijo o protección, junto a otras diversidades funcionales del intelecto.

Recién entrado en la juventud, allá cuando acababa de cumplir los veintitrés años, un compañero de trabajo no mucho más mayor que yo, creo que tenía veintisiete, fue padre primerizo de una niña con síndrome de Down. Antes nunca había vivido un caso cercano. Sentir así el nacimiento de María, hoy con treinta y cinco años, me provocó un impacto emocional muy movilizador que me llevó a reflexionar sobre ‘¿y si me pasara a mí?’. Escribí un relato como exorcismo, esa forma de mirarte dentro para sacar demonios, o lo que sea, y entenderte un poquito más, o intentarlo. Narré lo que fui conociendo de su caso por compañeros comunes más cercanos a él, y por algunas palabras suyas, poniendo (me) voz a un padre que recibe la noticia. Le pasé el relato, y no sé siquiera si lo leyó. Nunca más hablé de este asunto con él, pero siempre recuerdo a María cuando aún me cruzo con él por los pasillos.

Cuando estuve en trance de ser padre, mi mujer propuso hacerse la prueba genética que podría detectar el síndrome. Segundo impacto al respecto. Pasé unas horas digiriendo la posibilidad y finalmente, con una conversación corta, decidimos que no importaba esa prueba o el resultado en sí, porque ninguno de los dos querría provocar el aborto y conocer anticipadamente la situación nos iba a provocar expectativa de tensión, e incluso dolor.

Varios años más tarde, conocí a Andrés, de veintiún años entonces, con ese cromosoma de más que te capacita para dar y despertar más amor que los otros. Qué privilegio. Conocí también a los hermanos de Andrés, y a su padre, hoy viudo, que se responsabiliza de su atención y cuidado… aunque algunas veces Andrés dice que es él quien cuida a su padre.

Estoy convencido de que existe un sentido de la vida, no entro aquí a calificarlo, sería un debate quizá demasiado intelectual para lo que quiero dedicarme en el blog, y las personas con esa diversidad llenan su sentido con la ternura, la compasión y el acompañamiento para que a su alrededor exista un aura que activa el corazón.

Hoy es 21 de marzo, día de las personas con síndrome de Down.

© José Antonio Prades