Reseña de El hombre de camisa blanca y pies descalzos, de Pilar Aguarón Ezpeleta

17 febrero 2020Reseñas de libros

El hombre de camisa blanca y pies descalzos
de Pilar Aguarón Ezpeleta.
Editorial La fragua del trovador, Zaragoza, 2020
152 páginas

por José Antonio Prades

“La distancia entre los aeropuertos más cercanos de Sydney (SYD) y de Zaragoza (ZAZ) es de 17.446,80 km. Corresponde a un tiempo de vuelo aproximado de 21h 1min.” (Información obtenida en la web es.distance.to). La ciudad más próxima a las antípodas de Zaragoza es Castelpoint, en Nueva Zelanda, a 257 kilómetros del punto exacto, en el océano Índico todavía (muy cerca ya del límite con el océano Pacífico). Y Castelpoint está a 2.347 km. de Sídney, atravesando el mar de Tasmania.

Zacarías, el protagonista principal de la última novela de Pilar Aguarón, El hombre de camisa blanca y pies descalzos, tiene esos datos como referencia cuando huye desde Zaragoza a Sídney, Nueva Gales del Sur, Australia. ¿Por qué se escapa este muchacho a sus antípodas de nacimiento sin querer regresar jamás?

Hace doce años que Pilar Aguarón Ezpeleta irrumpió en el panorama literario con un libro de relatos breves. Esta es su undécima obra individual, cuarta novela, lo que nos da suficiente bagaje para comprobar cuál es su propuesta narrativa. En esta última obra puede apreciarse un resultado de autora ya confirmada en su estilo y en su temática. De hecho, cuando me envió el texto, me dijo: “Es una aguaronada”. No hay mejor atributo para definirlo. Quien haya seguido su trayectoria, no se va a sorprender con estas 152 páginas, porque en ella no hay nada técnico ni argumental (evito citar un par, al menos, de sorpresas muy agradables) que no podamos encontrar, y disfrutar, en otras obras de su firma.

Es también Pilar una excelente pintora y en estas páginas acredita el conocimiento del mundillo de los marchantes y las exposiciones. Uno de los personajes, sobre el que gira la mayor parte del argumento, Abel Arteaga, es un artista reconocido al más alto nivel internacional. Y varios de sus cuadros son el apoyo estratégico para encauzar mensajes narrativos que la autora quiere enviarnos, por ejemplo un pequeño cuadro de hortensias en poder de la reina Isabel II del Reino Unido, un gran cuadro, titulado Desechos y cotizado en diez millones de dólares, que muestra una vieja maleta junto a un contenedor de basura, y La huida, cuyo contenido da título a la novela.

Al mejor modo de los Buendía en Cien años de soledad, obra y autor fetiches de Pilar Aguarón, los Arteaga, en cinco de sus generaciones, nos muestran, con dosis perfectamente medidas, sus secretos más ocultos.  El estilo aguaroniano viste con su pluma esas historias truculentas, de idas y vueltas físicas y emocionales, pluma que depura el lenguaje para que nada sobre y nada falte, golpeándonos de vez en cuando con sentencias que hacen vibrar las carnes:

• “Morir forma parte de la vida”
• “Yo vivía sola contra el mundo”.
• “Sublimaba la belleza de la derrota”.
• “El amor es un lujo que pocos se pueden permitir”.
• “Éramos una familia de alimañas sin sentimientos”.
• “Todos pertenecemos a nuestra infancia”.
• “La nostalgia debería estar prohibida”.

La autora ya ha demostrado, y aquí la reitera, su maestría en el uso de varios recursos literarios que definen su estilo:

• …el manejo del tiempo, por el que nos traslada con ritmo vertiginoso en unos momentos como en el primer capítulo, y en otros pausado y melancólico como en el último;
• …el uso de varias voces en primera persona, donde aquí pasan a ser cuatro frente a las once de su anterior novela La vida que vendrá;
• …la inclusión de objetos que se convierten en personajes, verbigracia: un caserón, como ya incluyó en su excelente relato El caserón de las higueras, y en la para mí la mejor de sus obras hasta el momento, La casa de los arquillos, y que en esta novela forma parte especialmente del desenlace tierno y dulce, con un torreón pentagonal y una escalinata de mármol; los cuadros citados; un automóvil tan romántico como un Lincoln Continental de los años 30;
• …la referencia a acontecimientos relevantes para fijar la fecha de ocurrencia de cierto hito del argumento, como la final del Campeonato Mundial de Fútbol de 2010, la subasta del mítico guante de Michael Jackson o la edición del LP Sgt. Pepper’s, de Los Beatles.
• …y no quiero olvidarme de citar esa llamada a temas musicales, como hace con Anthem (Himno), de Leonard Cohen para ambientar el estado de la casa matriz de la familia: “Hay una grieta en todo, así es como entra la luz”, y a My Sweet Lord, de George Harrison (“que sea esta la canción que suene en mi funeral”), o a películas como Driving Miss Daisy.

Siguiendo así a Pilar, diré que una ambientación perfecta como banda sonora para la película que se base en esta novela puede ser Hacia lo salvaje, de Amaral:

 “Ha elegido caminar hacia lo salvaje
No tenéis ni idea de lo alto que puedo volar”.

Y es que se trata de una historia de huida para la búsqueda de sí mismo. Zacarías emprende un viaje de 40 años, en el que nunca olvida su origen y al que mira ineludiblemente con la esperanza dentro de su corazón y a su lado, personificada en su nieto Samuel que, además, pone la última voz narradora, llena de mesura y paz, con el reconocimiento de su estirpe y de sus raíces. Entre medio, nos encontraremos a unas mujeres odiosas (“frías, orgullosas y opresoras, ariscas, presuntuosas y desabridas, cerradas, duras y enfermas de resentimiento”), a unos hombres buenos, especialmente, Abel, “que prefería la soledad a la fama”, con el contrapunto del padre Céspedes, “un bicho de cuidado, rencoroso, sádico, lascivo e hipócrita”.

Toda novela tiene un corazón y un alma; cada cual podemos elegir. Me quedo para el corazón con el personaje de Juanito, que recuerda a la “niña chica” de Miguel Delibes en Los Santos Inocentes entre los brazos de su padre Paco. Y sí, el alma es Dorotea, una mujer baqueteada por la vida en esa función que su madre le impone rompiéndole el futuro de manera tan desalmada; y le adjudico ese rol porque en ella se sustenta la gran moraleja de la novela —“el rencor es un veneno que consume el alma”—, una mujer que de “hosca, antipática y atormentada” se convierte en un ser adorable que asume la aceptación y el perdón como sanadores de su existencia, salpicando el recuerdo con el amor que no pudo ser.

Esta novela nace, como en su prólogo nos cuenta Ana Rioja, de un relato publicado en la antología Oleaje. Relatos de mujeres que escriben de hombres, el año pasado, que se titula La estirpe de los malditos. En el tiempo pasado desde su creación hasta la de esta historia, algún hado ha intervenido para que, liberando la maldición familiar, los Arteaga puedan mirar al mundo con filtros más luminosos.

“…me atreví a preguntar a mi padre que cómo había podido intimar con una mujer tan hosca. Él, que siempre fue un hombre de pocas palabras, me miró y dijo solemne:
—Para tener un hijo como tú.”

Página 92